A pura tozudez logré que nos viéramos otra vez. El amor puede enloquecer a las personas, a mí no me volvió loco, a mí el amor me mató brutalmente. Si hubiera tenido la menor idea de lo mal que me hubiera podido sentir (tal como me he sentido tantas semanas) jamás hubiera dejado que te vayas, talvez debería haberte matado y comerte entera para estar siempre juntos, pero la cagué y te fuíste para nunca volver.
Hace dos noches que volví a verte y estabas mas linda que la última vez en mi casa, mas delgada, mas pintarrajeada, mas aretes, mas vida, mas tú, mas alegría, mas vida y mas tú otra vez. Al llevarte a casa después de unas cervezas fluyó el amor otra vez, la oscuridad interior del taxi, una balada cursi en la radio y el taxista en el retrovisor, cómplices de nuestro amor y nuestra tristeza también, nos sonreían permisivamente, invitandonos al desenfreno, nuestras miradas se fundían y tu sonrisa me llenaba de felicidad, la oscuridad me dijo que te bese y te toqué la carita tan suave como de princesa de cuento, te acerqué a mí y nos besamos sin abrir la boca, nos quedamos pegados y yo acariciaba tus cabellos, antes nuestros, ahora tuyos, y apenas movíamos los labios y nuestros corazones palpitando al unísono y el anciano taxista sonriendo amablemente como diciendo "que lindo es el amor, conchesumare", talvez recordando a su difunta esposa. Abrimos las bocas y movimos las lenguas como serpientes haciendo el amor, nuestros labios rojos de pasión se unían de mil formas, nada vulgar, todo sublime, lento, como beso después de tantas semanas, como beso de un hombre y una mujer que se aman a muerte, como beso triste de la luna y el sol y lo inevitable. Tus lágrimas caían sobre mis mejillas y te abracé hacia mí y pusiste tu cabeza en mi hombro y te abracé tan fuerte para que nunca te vayas, y mas fuerte aún para que nuestros corazones se abracen también, y en la radio sonaba algún cantane mexicano y algo que decía "no se tú, pero yo..." y yo pensaba en no dejar de besarte y mis manos querían tus pechos pero no era oportuno, y buscaron tu cuello y te tomaba como quien ahorca al desamor pero te acariciaba y quería sentirte una vez más para no olvidarte jamás y tu llorabas y gritabas por las ventanas MELANCOLÍA.
Para cuando dejamos descansar los labios, en una ruta que cruza media ciudad, estabas oculta en mi pecho, recogida, escondida, sin miradas, ausente, y al llamarte "negrita linda, nunca he dejado de amarte" me respondiste "te amo también gordo" y tu voz se me metió en la piel como picadura de araña y tuve miedo, la muerte se metió en mi cuerpo y se carcajeó unos segundos, luego se marchó. Y temí lo inevitable de la realidad, enemiga del corazón, y te llamé Negrita y no me mirabas y pasé saliva, talvez un poco de la tuya aún, y desviaste la mirada a la calle y te pedí cual mendigo que volvieramos a estar juntos, que fué la mayor estupidez terminar con tanto amor, que de nada servía ametrallar nuestros corazones por toda la eternidad, me miraste, sonreíste y me besaste. Al llegar a tu casa te dije "Te amo, negrita de mi vida", me sonreíste mientras bajabas del taxi "mañana hablamos, gordo"
Mientras volvía a casa con el anciano taxista me sentí feliz que grité por las ventanas durnte cuadras, mi corazón estaba a mil por hora y mi rostro estaba petrificado en una risa feliz, el taxista tarareaba algo de Jimmy Santi y yo quería invitarle un trago, hace mas de dos meses que de la negrita solo había tenido cagues telefónicos, ausencia, desamor, y esta madrugada nos habíamos besado como si nos hubieramos querido devorar, literalmente. Y en eso que miraba la noche, sentí una duda que luego se volvió en aquel temor de hace unos minutos, recordé los cuchillos diciendome "mañana hablamos, gordo" y su cabecita escondida en mi pecho y su mirada esquiva, y del sosiego pasé no al desasogiego sino me fuí a la mierda en un instante eterno y volví a morir rápidamente, supe que todo pendía de un hilo, pensé en llamarla y cuestionarla, era muy tarde, opté por la mañana llamarla, pero tuve miedo, y ya no supe si estar feliz o tirarme en el suelo de mi cuarto a mirar el techo hasta que amanezca.
Para cuando llegué a mi cuarto, ya no supe si lo había soñado todo, como otras noches anteriores, ¿me estaba volviendo loco? No, aún mi camisa olía a ella, y en el espejo ví sus lágrimas tatuadas en mi rostro y supe que era la realidad que se amistaba con el amor. Me fuí a dormir con el torso desnudo de felicidad pensando en Dios y ofreciendole cagarme de frío toda la noche, cual silicio en agradecimiento.
A la mañana siguiente me desperté con una sonrisa feliz, pero dudé nuevamente, la telefoneé "Negrita de mi vida, hola...", y me dijo "Hola, como estás" tan ausente como todo este último tiempo, "que ricos besos los de anoche mi negrita pechocha" y ella me dijo "... gordo, tenemos que hablar, una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa".
Fué cuando me di cuenta que lo había soñado todo, como esas mañanas que me desperté feliz de haberla besado y la realidad me dió de portazos en la cara.